Firmeza y acogida

En nuestra vida necesitamos dos cosas: firmeza y acogida. En el amor, ambas se hacen una.

Necesitamos firmeza, que es lo mismo que decir foco, porque es lo que nos sitúa en nuestro lugar, lo que convierte nuestro espacio interior en un templo. Gracias a la firmeza, aprendemos a prestar atención sólo a aquello que nos dirige hacia la luz, aprendemos a no regodearnos en las sombras, aprendemos el valor de la decisión y la voluntad. La intención lo es todo, dicen. Pues gracias al foco, a la intención, a la firmeza, nuestra vida va dirigiéndose hacia la hondura de nuestro corazón. Cada vez vamos purificando más nuestra atención: descartamos aquello que no alimenta nuestro fuego, la luz divina en nosotros, y la ponemos en lo más verdadero, en lo que da sentido a nuestra vida.

No obstante, también necesitamos acogida. Necesitamos llorar, dejar que todo lo que nos duele, duela. Necesitamos reconocer nuestra incapacidad de hacerlo todo por nosotros mismos, nuestra dependencia de algo más grande que nosotros, nuestra vulnerabilidad. En definitiva, necesitamos reconocer nuestra pobreza, que no somos omnipotentes, y abrirnos a sentirla totalmente en todas las partes de nosotros mismos en que se manifieste. Esta disposición, que es la humillación de la que habla Jesús, tan mal entendida hoy en día, nos convierte en vasijas vacías y, por tanto, receptivas al amor de Dios.

Creo que una de las grandes dificultades y una de las grandes tentaciones en el camino, es querer quedarse sólo con una de las dos disposiciones que he explicado más arriba. A nuestra mente le encantaría decir “ya está, esto es lo que estaba buscando, ya lo tengo controlado, ahora sí que sí.” No obstante, aunque por momentos podemos sentir eso, no tarda en llegar la desilusión, porque también necesitamos de la otra cara de la moneda. Si estamos en un momento de mucho foco, firmeza e intención, y nos identificamos con ello demasiado, no tardará en llegar la impotencia, la frustración y el “ya esto no fluye como antes”. Y si estamos en un momento de acogida de todo el dolor e impotencia, y pasamos por creer que eso es la solución para todo, tampoco tardará en llegar la confusión interior, la necesidad de beber agua pura, la necesidad de entrar en contacto con la luz.

Desde mi experiencia personal, necesitamos de ambas: necesitamos intención, foco, firmeza, y también necesitamos acogida, cariño, apertura, pobreza. El amor es el equilibrio perfecto entre ambas. Un corazón purificado en el amor está lleno de luz y de humildad, de firmeza y de pobreza, de intención y de acogida. Es por ello que el amor, que es lo mismo que decir Dios, es el don más preciado de nuestras vidas, lo que lo unifica todo.

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