Es cierto que nos acostumbramos a nuestra necesidad, a nuestra carencia, y hacemos de ello nuestro hogar. De alguna forma, nos acomodamos a la pequeñez, a mantener nuestra atención en ídolos. En el fondo sabemos que éstos nunca nos darán la plenitud que buscamos, pero nos quedamos enganchados en el reflejo que nos ofrecen.
Hace falta valor y una gran determinación para elegir vivir libre, para elegir la plenitud real, pues al lugar al que vamos, si bien es infinitamente más amoroso, todavía no lo conocemos, simplemente lo presentimos. Es necesario un salto, un salto de fe y de confianza. Confianza en que somos guiados. Confianza en que nada real puede perderse. Nuestra vida puede cambiar, sí. Y lo hará. Pero el amor nos lleva de la mano. Y todo lo que es amor y luz no hará sino aumentar, pues sólo lo ilusorio puede caer en ese salto.
«Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.» (Mt. 16:25)


