Lo que buscamos está en el árbol, no en los frutos

Nos pasamos la vida pendientes de nuestros logros, de lo que se ve, de lo que hace ruido. Nos identificamos totalmente con ello. No obstante, se me ocurren pocas cosas que provoquen más dolor, más desorden y más dependencia en nuestro interior.

Los frutos, si son de verdad, siempre son una expresión de la realeza del árbol, de la esencia del árbol. Y el árbol, que ha sido creado perfecto, ofrece sus frutos en su momento justo. Ni antes ni después. Es más, ni siquiera podríamos decir que es el propio árbol el que hace los frutos. Es algo natural en él. Es algo que ocurre en él.

Nosotros, como seres humanos, somos árboles, árboles reales. Nuestros frutos ya están en nosotros por razón de quien somos: seres humanos de verdad.

El sufrimiento en el que tantas veces nos sumimos viene de caer en la tentación de dar vueltas en torno a los frutos. Parece como si no quisiéramos, o no supiéramos, ver que es el árbol el que naturalmente da los frutos.

¿Cómo sería si cada uno de nosotros, de nosotras, se ocupara con todo su corazón en reconocerse un árbol de verdad, creado perfecto? ¿Cómo sería si cada uno diese sus frutos únicos, a su tiempo perfecto, y todos los apreciáramos, honrando ese genuino y maravilloso milagro de Dios? ¿Qué sentido tendría tratar de hacer ruido, de llamar la atención, de ser el número uno en ventas, de tener un millón de seguidores… de producir sin parar?

Eres un ser humano único, creado perfecto. Tus frutos no te pertenecen, ni te hacen más -ni menos- valioso.

Adoremos en espíritu y en verdad la luz encendida que vive en nuestro corazón, y dejemos que ella tome nuestra vida.

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