Palabras de amor (comentario sobre Lc. 14:26)

«Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo.» (Lc. 14:26)

Para que los ríos de agua viva puedan manar de nuestro interior, es preciso que estemos enamorados del amor mismo (de Dios). No nos contentemos con expresiones del amor -nuestra madre o padre, nuestro compañero o compañera, nuestros amigos-. No porque en sí sean malas -son maravillosas-, sino porque el corazón humano está diseñado para muchísimo más además de eso. El corazón necesita volar, fundirse con lo infinito.
No obstante, con frecuencia nos contentamos con lo personal, nos aferramos -por miedo a quedarnos sin el amor que necesitamos- a lo tangible y medible. En este intento por asegurarnos la supervivencia -el reconocimiento, el afecto-, nuestros horizontes se ocultan y nuestra alma se encoge.
Aquí Jesús, con unas palabras de apariencia duras y crudas, en realidad nos ofrece su mano para caminar con él hacia Dios (ese amor ilimitado, infinito y a la vez totalmente concreto y particular). Nos ofrece una alternativa -que requiere de gran valentía y determinación, hay que decir- a aferrarnos a lo personal. Nos ofrece una alternativa a ese ciclo interminable de buscar donde no se encuentra. Nos invita a reconocer que nuestro corazón necesita más, y a caminar de su mano hacia ese amor que realmente calma nuestra sed.

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