A veces en la vida somos llevados ante situaciones que no sabemos resolver por nosotros mismos, situaciones que sobrepasan nuestra capacidad como seres humanos. Normalmente las vivimos con gran dificultad, con gran dolor. Tratamos de entender qué ocurre, barajamos todas las opciones que tenemos, con la esperanza de poder encontrar una solución que por fin nos deje tranquilos y nos devuelva a nuestra tranquilidad anterior. Son momentos de vida que nos confrontan con nosotros mismos de maneras, en ocasiones, muy intensas. Por mucho que intentamos resolverlo por nuestros medios, no somos capaces, y la frustración a veces llega a ser muy grande.

No obstante, aunque sea lo último que, mientras estamos en el ojo del huracán, podamos pensar, estos momentos de vida son una bendición. Son una invitación -a veces tempestuosa, es cierto- a dejar de apoyarnos en nuestras propias fuerzas. Son una invitación a confiar.

Si bien es cierto que ya no volveremos a nuestra aparente estabilidad anterior, se nos brinda la oportunidad, si nos abrimos a decir SÍ, a una libertad y un amor que antes ni siquiera imaginábamos. ¿Y si la vida se abre cuando decimos sí y simplemente confiamos en Dios? ¿Y si en realidad estamos llamados a poner toda nuestra estabilidad en Él y no en nuestro supuesto control de la vida?

Sé que lo que escribo no es fácil de asumir, yo soy el primero que me resisto con todas mis fuerzas. Sin embargo, hay un horizonte de infinita paz, libertad y amor que intuimos y que, si nos abrimos a escuchar, podemos sentir cómo nos llama. Ansiamos descansar, ansiamos dejar de tener que apoyarnos en nuestras propias capacidades, ansiamos dejarnos ser tomados de la mano y guiados hacia lo que más necesitamos, pero que no podemos encontrar por nosotros mismos: el amor. El precio es confiar.

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